Soldado Isla

Soldado experto en tareas de camuflaje y tirador de élite, que dispara con arma a grandes distancias y desde un lugar oculto, a objetivos seleccionados. Hasta aquí la definición de francotirador.

Si dijéramos que el francotirador Antonio ejerce de isla recreativa en mitad de un lugar del Cinca Medio cuyo nombre no consigo olvidar, podría parecer un fácil guiño a su apellido. Mar adentro, es cierto que hay algo de resistente farero en ese artista al frente de un estudio de diseño gráfico en un lugar llamado Monzón, hasta el punto de que alguna vez deja escapar un “¡Monzón Power!” con un atisbo de orgullosa, periférica y merecida disidencia.

Desde dos décadas antes de su cartel para las Fiestas del Pilar 2014, ya eran reconocibles sus fogonazos gráficos, pegados en las lunas de los escaparates, o en los muros derribados de la Azucarera. Cuando me daba por preguntar por su autoría a los lugareños, los carteles más seductores me conducían a él. Hasta hoy, en que emergen sus pintadas en las paredes de la residencia que construyeron enfrente de la vieja fábrica de azúcar. Algo tenían esas imágenes -algo tienen- que se disfrutan a la primera, y a la segunda te enganchan para ya no soltarte. Sin conocernos, yo tenía la extraña certeza de reconocernos, de que habíamos visitado las mismas películas y hasta bailado idénticas canciones, incluso tal vez a la misma hora o en el mismo garito.

Trabajar a diario como dibujante incluye necesarios momentos de aislamiento o ensimismamiento, pero recreando el imaginario colectivo uno puede tender multitud de lazos, bucles y puentes, para saber que tampoco en la ficción vagamos tan solos, y que somos muchos a repartir la herencia. En las obras de Antonio Isla se divisan infinitos campos: literatura, cómic, cine, pintura, música, teatro, fotografía…, como pasillos comunicantes de una misma mansión, enorme y habitada. Y hay en ella pasarelas y escaleras de caracol que ascienden hacia otras épocas y lugares, porque el arte otorga ese don. Como el de colaborar a que el recuerdo o la evocación personales agranden la memoria colectiva en una potente fuente de común conocimiento artístico.

En ese compartido archipiélago emocional, miro sus obras y adivino escudos maoríes en las piraguas del Ésera, me inundan tsunamis japoneses a lomos de una feria del libro, veo chimeneas convertidas en bolillos de encaje, distingo a Escarlata O’Hara vestida de jotera e imagino a Obélix por la calle Joaquín Costa en un día de fiesta. Sobre esa balsa de Medusa navegan sin rumbo por el río Sosa la mona Chita y Tintín, la familia Ulises, el Capitán Trueno, Alí Babá y Peter Pan; como en una alegre danza donde celebrar la vida. Donde nos lleva la imaginación, poco o nada cuesta ser uno más.

Confundido entre esa plebe, es como consigo hacer más llevadera mi relación con una sociedad cada vez más ceremoniosa, donde, entre gente ya de por sí enferma de importancia y de solemnidad, habitan artistas con un ego del tamaño de una catedral barroca. No es su caso. El arte pop nos vino bien para oxigenar las enciclopedias, para desacralizar las mayúsculas de las Bellas Artes sin por ello renegar de ellas. En el arte de Isla confluyen alcaldes negros y obispos raperos, sin renunciar a la pegada disparatada de El Bosco ni a la elegancia de un lienzo de Vermeer.

Aunque su hermano Miguel ya nos había presentado, no fue hasta junio de 2014 cuando Isla dejó de ser para mí como el avatar sin rostro, de camisa blanca y sombrero negro, de su página web. Tras un correo para felicitarlo por el cartel e invitarlo a exponer en el Paredondelarte, la negociación fue cordial y directa. Y nos dejamos caer en su red. La social no, la otra. La personal de los amigos comunes, de carne y hueso, con los que compartes una merienda o una subida al Turbón. Y esa pegajosa tela de araña sí que atrapa, porque tras ese avatar y su mapa de imágenes artísticas o logotipos corporativos, hay un tipo que se hace querer, lo cual no es poco, y una geografía humana plagada de afectos, besazos, besetes y besicos. ¡Azúcar!

El cartel de las fiestas del Pilar fue respaldado y elegido por primera vez por una votación popular y, cómo no, supongo que por lo mismo, no ha estado exento de cierta polémica, como si la Monna Lisa fuera intocable o como si el Equipo Crónica jamás hubiera existido. España, aparta de mí este cáliz. En la recopilación de sus trabajos, el mismo Isla etiqueta sus otros carteles (no ganadores) no como carteles presentados a concurso, sino como “carteles perdedores”. Por eso, la mejor lección de ética y estética no han sido las desaforadas críticas sobre si ese beso ya había sido dado, sino la reacción de Antonio Isla, con esa media sonrisa que se te pone con más de treinta años en el mismo oficio. Diciendo como entre dientes algo así como que vendrán otras guerras como aquellas y perderán los mismos.

Artista experto en tareas profesionales de todo tipo (para políticos, constructores, hosteleros, viticultores, cantantes, feriantes y demás clientela), además de hábil diseñador, dispara con lápiz y tinta a más de cien kilómetros de esta Escuela, oculto bajo una fina ironía, a objetivos populares que libremente recrea y selecciona. Hasta aquí Antonio Isla, francotirador. Por sus obras lo conoceréis.

Y que me perdonen los académicos de la lengua, Cervantes, Amenábar, Antonio Vega, Sisa, César Vallejo, El último de la fila, Celia Cruz, Jorge Drexler, Antonio Isla, el propio Doisneau, el mismo Jesucristo y hasta el barón de Eroles por haberlos citado en este escrito sin nombrarlos hasta ahora ni entrecomillarlos. Bueno, quizá ellos no. A ellos, las gracias. Que me perdonen todos los demás.